Críticas
Un primer disco que funcionó relativamente bien, un
segundo que apenas se vendió y un tercero que fue un
completo exitazo. En principio, parece poco bagaje para
justificar la edición de un álbum en directo, pero la opinión se relaja cuando observamos
que, en “Ni jaulas ni peceras”, se incluyen cinco temas nuevos en un
total de dieciocho.
“Sé que algún suspicaz crítico puede calificar esta grabación como parche ante la crisis creativa de un ‘Lichis’ intoxicado y ebrio de éxito, o como relleno de una bestial campaña publicitaria que cuestiona la filosofía inicial de un proyecto nacido de la calle. He aprendido que, independientemente de su actitud, llegado el éxito comercial has de pasar por la guillotina consciente de que tú mismo fuiste verdugo en otro tiempo. No quiero ni voy a justificarme. Considero, sinceramente, que éste es el mejor disco que he grabado en mi vida”, escribe Lichis en la nota de promoción que acompaña al primer adelanto de “Ni jaulas ni peceras”. Se adelanta a las preguntas por cuanto éstas resultan tremendamente obvias. El fan de la novela picaresca que resulta ser este peculiar personaje no hace sino imitar a sus admirados maestros: “En ese tipo de novelas el pícaro siempre comienza disculpándose por su condición, justificándose con una actitud de modestia. Al fin y al cabo, es lo que hago cuando trato de explicar el porqué de grabar un álbum en directo”. Ante la elocuencia sobran, por tanto, preguntas que ahonden en el tema. El caso es que Lichis ha decidido que el cuarto paso discográfico en el caminar de La Cabra Mecánica sea la grabación de los conciertos realizados en el teatro Jacinto Benavente de Galapagar los pasados 25 a 28 de noviembre.
Para la ocasión se ha decidido a incluir cinco temas nuevos y a invitar a un par de amigos para que le acompañaran sobre las tablas. Los nombres de los “ilustres” pueden sonar curiosos al oído del admirador de Lichis que le ha conocido, únicamente, tras el éxito de “Vestidos de domingo”, su tercer y más exitoso disco. La idea, en principio, era algo más ambiciosa, con deseos contemplados por tener al lado, en esta aventura, a gente como Martirio, Chico Cañas o el mismísimo Joaquín Sabina, pero, finalmente, ninguno de ellos pudo o quiso aparecer por el teatro el día conveniente. No es algo que dañe la moral del pícaro, sobre todo cuando sus lugartenientes han terminado siendo Ismael Serrano y Javier Ruibal. “En la canción ‘El último cantautor’ me refería al paso de las modas e incluía una frase que hacía alusión a Ismael Serrano. Me metía con esa situación, aunque sanamente, ya que siempre he sido un fan acérrimo de gente como Lluís Llach o Serrat. Cuando Ismael y yo nos conocimos quise saludarle y él aprovechó para comentarme lo mucho que me metía con él en esa canción: él no entendía el sentido del humor de La Cabra. Cuando nos volvimos a ver yo ya estaba planteándome lo de grabar el directo y, según le vi, se me ocurrió que podíamos interpretar esa pieza juntos; se lo dije y él se lo pensó un poco. Al final me dio un tímido ‘sí’. Cuando la hicimos en el escenario creo que, finalmente, entendió ese sentido del humor y, desde entonces, tiene ganado mi corazón”. La aparición de Ruibal, sin embargo, tiene otro tipo de satisfacciones para el pastor principal de La Cabra Mecánica: “He comido, paseado, follado o leído con la música de Ruibal como banda sonora; incluso he escrito un par de canciones que, en el fondo, son homenajes a él (‘Agua’ y ‘La novia del marinero’). Tenerle al lado fue como cumplir un sueño”.
Uno, ejerciendo su labor de “crítico suspicaz”, se
interesa por las nuevas canciones. Es cierto que resultan
coherentes y que en absoluto
deslucen la selección realizada para el álbum, pero, acostumbrado a los quehaceres
habituales del entramado musical, también sospecha en un momento dado que dichas canciones no
hubieran sido, en el pasado, sino restos de naufragio de
cualquiera de los álbumes anteriores grabados por Lichis y
sus acólitos. El cantautor se defiende sin necesidad de abandonar su
práctico habito de liar hierba verde dentro de un papel de
fumar: “Son canciones nuevas; no es que se hubieran quedado fuera de
discos anteriores ni nada de eso. Me planteé hacer el disco como casi siempre
hacemos los directos y, desde el principio, siempre hemos
incluido en el repertorio temas que iban a ir en el disco siguiente,
que aún no estaban grabados. Creo que un álbum en directo debe mostrar dónde
estás en ese momento y lo que pasa por tu coco en la época en
la que lo haces. Seleccioné cinco canciones buenas de las ciento
veinte malas que tenía hechas y decidí incluirlas en el álbum.
Además… creo que acerté: habitualmente mis canciones no me
gustan cuando las termino y, sin embargo, éstas enseguida se han convertido
en mis favoritas. Y no es porque me haya hecho más permisivo conmigo mismo,
para nada. No sé: quizás lo que pasa es que me estoy
hartando de las viejas después de haberlas
tocado doscientas veces”.
El crítico va convenciéndose poco a poco de la validez de los argumentos del pícaro. No es que el hecho tenga especial importancia, pero se afana en ejercer de profesional interesándose un poco más por el resto de lo ofrecido. Primero acepta el argumento liado que el Lichis le ofrece y le sugiere que explique cómo y de qué manera se decidió por las otras trece canciones que conforman “Ni jaulas ni peceras”. “Me dejé aconsejar. Quería implicar a más gente en esto: amigos… Pero casi siempre coincidíamos. Siempre es así: si a ti te gusta una canción terminas influyendo en la gente para que también le guste. Para mí, mi hermana es la verdadera criba, como un cedazo de los que filtran la arena: le pongo una canción y, cuando acaba, si le gusta me lo dice y si no me suelta que es una auténtica mierda. Siempre tiene razón. Siempre”. La pasión por las mujeres cercanas, muy propia también dentro del entorno picaresco, no desdice, sin embargo, el hecho de admitir desde el principio de la conversación que, en demasiadas ocasiones, uno es el menos indicado para dar una valoración sobre su propia obra: “El público se acerca a la música de un modo emocional; no está pendiente de lo que, en ese momento, está pendiente el músico. Y es por eso por lo que sabe más que nadie. Si el músico no le transmite nada, por muy bien que toque, al final no cumple”.
La afirmación, en absoluto gratuita, viene a retratar
de un modo meridiano el universo discográfico de Lichis
(nombrado como Miguel Angel Hernando Trillo antes
de convertirse en pícaro). Sus primeros escarceos con los
productos redondos que destilan música abundaban, según él, en lo rebuscado, en lo
propio. El tiempo le ha hecho cambiar de opinión y recuerda
que, en abundantes ocasiones, ha reconocido que el éxito de
“Vestidos de domingo” partió, directamente, de la sencillez. “Al principio me
junté con músicos de jazz y jazz fusión y, realmente, no
tenía una visión del concierto como espectáculo. Yo no hacía nada en el
escenario y nada estaba suelto. Era muy soso cantando y, encima, estaba muy limitado
por el bajo: tenía que tocar líneas difíciles y encima
cantar. Con el tiempo me di cuenta de que era mejor llevar a los
personajes de las canciones más lejos y hasta me disfrazaba para interpretar
los temas. Ahora es cuando me lo paso de puta madre cada vez que
actúo”, apunta añadiendo una de esas frases que, en la
actualidad, podrían grabarse en la cabeza la mitad de los músicos e instrumentistas de
este planeta: “Al principio sólo nos interesaba la
música y tocábamos más para nosotros que para el
público que, al fin y al cabo, queríamos tener”.
Si bien el nombre de La Cabra Mecánica apareció
públicamente con “Cuando me suenan las tripas” en 1997, el
invento de Lichis ya llevaba rodando de bar en bar tres
años. “Tocábamos en bares y yo me ganaba la vida de
bajista tocando para otros. Un día vi a Pepín Tre y me llamó mucho la atención su manera
de hacer las cosas. Con esa influencia, y con la de Les
Luthiers, monté lo de la Cabra. Al principio actuaba haciendo música e
intercalando monólogos”, recuerda el protagonista de la aventura. Y se le llena
la boca de orgullo al hacer memoria de cómo las compañías
discográficas le perseguían en un momento en el que el mestizaje y el
“buen rollito” parecían la panacea del momento: “Cuando estuve de
bajista en Sugarless le di a nuestra manager una maqueta de lo
que hacía y dejé otra en el Trilobyte. Con aquellas dos maquetas se
consiguió que, de repente, todo el mundo me hiciera caso. Recuerdo que,
poco después, cuando tocábamos en Ritmo y Compás con La
Cabra, aquello estaba lleno de gente de compañías que quería
ficharnos. Quizás alguien esperaba que nosotros fuéramos el estopazo que
llegaría después. Hacían falta grupos así en
aquella época”.
Finalmente fue Dro la compañía que se llevó la cabra al agua. Y la decisión se ha mostrado, con el tiempo, sumamente acertada. “No me preocupaba excesivamente tirar o no tirar. Yo siempre puedo tocar en los bares y sé que tengo mi público, suficiente para vivir. Y si eso no saliera siempre podría tocar el bajo para alguien. Dro es la única compañía en la que habría podido grabar tres discos. Del primero vendí, poco a poco, unas treinta mil copias, lo que resulta poco para la mayoría de las compañías fuertes. Pero es que… del segundo, sólo vendí dos mil setecientos discos. Cualquier discográfica que no fuera Dro me habría mandado a paseo”, reconoce Lichis.
La primera vez que crítico suspicaz y músico pícaro se encontraron fue con motivo de la presentación de “Cuando me suenan las tripas”. Por aquel entonces, un Lichis seis años más joven que ahora invitaba a los presentes a comer arroz con ajo mientras se enfrentaba a una rueda de prensa como si fuera un futbolista tan parlanchín como lo son los argentinos. Por aquellos días definía su propuesta como un esperpento de lo que rodeaba al músico de pop y rock. “Era una visión cachonda del músico que aspiraba a ser la hostia, a ir a Berkley y esas cosas, y que acaba dándose el hostiazo de su vida. Como una contraposición de lo que son sueños y de la cruda realidad. Los dos primeros discos tenían esa visión, aunque ‘Cabrón’, quizás, fuera un poco más oscuro. Era como una reflexión sobre el odio y la frustración”.
Después vino la presentación en directo, una exhibición de la torpeza que actualmente el cantautor reconoce, y una comprobación palpable de que La Cabra Mecánica era todo menos un grupo. Aquello parecía una sala de espera en la que los músicos entran, permanecen y salen, un terreno común en el que sólo una voz decía lo que se hacía y lo que no. “Sigue siendo un lugar de paso, abierto para gente que se involucra. Es una situación que me enriquece, que me hace sentirme como una especie de… director de teatro. Como ellos, también tendré mis ‘actores fetiche’, pero puedo elegir diferentes sensibilidades según me convenga. El poder jugar con esas cosas es la hostia”.
Posteriormente, en 1999, llegaría “Cabrón”, un álbum
al que su mismo título definió si atendemos a los
resultados que obtuvo. Si en el mundo de las discográficas se
entiende que un segundo disco ha de consolidar el
proyecto presentado en un primero la realidad dio aquí la espalda a las esperanzas. Dos años
después, sin embargo, el destino giró en la dirección
opuesta y “Vestidos de domingo” (01), capitaneado por “La lista de
la compra” y la colaboración de María Jiménez, consiguió poner a La Cabra
Mecánica entre los artistas más relevantes del año.
¿Qué había ocurrido? “Mi primer disco no podía ser un pelotazo. No hacía falta
ser muy listo para darse cuenta de eso. Lo de querer hacer un disco más
sencillo viene dado, entre otras cosas, por mi forma de
cantar. Al principio echaba para atrás y todas las canciones estaban
sobrecargadas por mi visión de músico antes que por la de cantante. Los dos primeros
discos, hay que admitirlo, eran pretenciosos. Cuando me
planteé hacer ‘Vestidos de domingo’ quería hacer algo en sentido
contrario, algo muy ‘low fi’, pero cuantas más vueltas le daba al asunto más me daba
cuenta de que estaba entrando otra vez en lo mismo, en
complicar las cosas con una visión de músico. Afortunadamente, en
ese disco Fernando Polaino, el productor asociado, quitó todo lo innecesario y
dejó que las canciones fueran solamente eso, canciones. En
el disco en directo escuchas las canciones de los dos primeros y ves
que las hemos mejorado mucho”. Es como si, de repente, el pícaro se
hubiera dado cuenta de que la audacia y el ingenio han de
rendirse a veces a la misteriosa profesionalidad: “Deja a quienes
sepan hacerlo trabajar en lo suyo. Aunque en los otros discos también
tuve productores lo cierto es que siempre estaba encima de
ellos: mi ego no les dejaba trabajar a gusto y, al final, siempre
resultaba perjudicial. Con Alejo Stivel y Polaino me entendía perfectamente y
ellos sabían muy bien lo que yo quería decir. Polaino hizo lo
que hace un buen periodista: resumir un discurso de dos horas en algo más de
veinte líneas sin quitar, por ello, nada
importante”.
Y resultó, como en sus novelas preferidas, que la compañía de una mujer y la guía de un buen amo convirtieron al pícaro en un fabuloso hidalgo. La popularidad de La Cabra creció como la espuma, sus canciones comenzaron a ascender en las listas de radiofórmula y sus álbumes a venderse hasta en las mantas. Fue cambiar el arroz con ajo por entrevistas selectas y las tarimas de los bares por escenarios gigantescos. “Lo llevo genial: es mejor y más fácil que tocar en los bares. Aún hay fans acérrimos que prefieren aquella faceta, pero no entienden que tocar en bares es una putada. De hecho no son conciertos, sino ejercicios de supervivencia. Los medios de los que dispones ahora y la experiencia épica que supone un concierto como los que hago ahora no los cambio por nada”. El cambio en lo profesional no evitó a nuestro personaje conservar su faceta de sinvergüenza encantador, el hacer vividas sus canciones y el conservar la vida habitual de un enamorado de los vicios más mundanos. “Cuando no estoy trabajando me meto en el cine o arraso un videoclub y me lo llevo todo a casa. O veo cine o leo compulsivamente. También, si estoy muy quemado, salgo de casa y me pierdo durante tres o cuatro días”.
Y no sólo eso: su actividad cabrística no le evita ni
le impide mantener proyectos paralelos.
“En abril
grabaré con Outro Jazz, una banda de hip hop con jazz en la
que soy el bajista. Llevamos ya tres años juntos y, por fin,
vamos a grabar con Daniel Alcover y ver si aparece alguna compañía que lo edite”.
Obviamente, no se augura a Outro Jazz el destino que, de
momento, ha seguido La Cabra. En esta banda se encuadra la parte más
noble del pícaro, aquélla que le destaca como el músico que, en su día, era
incapaz de cantar y tocar. Cuando Lichis habla de sus
influencias siempre salen en la conversación nombres como Ruibal,
Extremoduro, Martirio o Serrat, pero, entre ellas y con un toque de distinción, siempre
queda la mención a Jaco Pastorius, el fabuloso bajista
que redescubrió un instrumento a medio mundo
al frente de Weather Report.
Sin llegar a llamarle iluso, el suspicaz crítico pregunta a su interlocutor por sus ilusiones próximas sabiendo que el tiempo de su charla ya está consumido. “Este año recogeremos los frutos de lo hecho el año pasado. El boom de La Cabra apareció cuando ya casi habíamos terminado el calendario de actuaciones, por lo que es posible que este año toquemos bastante más". Es de pícaros no dejar nunca de viajar.
Datos del disco
Autor: La cabra Mecánica
Título: Ni jaulas ni peceras
Discográfica: Dro East West
Fecha de salida: 17 de febrero de 2003
Precio (a 25/10/03): 11'95€ CD (FNAC), 17'95 CD+DVD (FNAC)
Pistas
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